Hetero Jovencitas

Atado por una prostituta

Era de noche y llovía. Hacia días que no paraba de llover. Y aquellos aullidos… ¿serían lobos? Dicen que la niebla afecta a la conducta de los lobos. Había oído historias horribles de lobos que atacaban a las personas. ¿Por qué iba aquel lugar tan apartado de la ciudad ¿Cómo se explicaba que estuviera volviendo aquella casa? Había llamado por teléfono y estaban esperándole.

Mientras conducía colocó su mano en la entrepierna y se acariciaba por encima de los pantalones. Tenia el pene algo erecto. Le venían a la cabeza un montón de recuerdos de su última y primera vez en aquel lugar, solo hacia una semana. El olor de la habitación… las alfombras… el color de las paredes… ella iluminada por la luz de las velas… Ella… Ella… la deseaba tanto como la temía. ¿Puede alguien volverse adicto a una cosa que solo ha probado una vez? Durante aquellos días, se lo había preguntado un montón de veces. La necesitaba, pero era tan… tan… Ya había llegado… Aparcó cerca de la casa. La otra vez no se atrevió, pero ahora tanto se le daba. De hecho no solo se escondía, si no que le venían ganas de decirlo a todos que estaba allí, que había sido poseído por ella y que aquella noche volvería a serlo. Salió del coche y corrió hasta la puerta. Se sacó un poco el agua de los pelos. No tuvo ni que llamar. La misma mujer pequeña que lo había hecho la otra noche, le abrió la puerta cuando aun no había mirado el timbre.

Se sorprendió. La mujer le hizo un gesto con la cabeza indicándole que entrara. Té esta esperando. – dijo – Ya sabes el camino. Le dio un sobre y ella cerro la puerta y desapareció.

Se quedo allí quieto. Miro el pasillo que había delante de él, alfombrado de un rojo sangre realmente inquietante y la puerta al fondo. Respiro hondo y se acercó. No podía apartar la vista del pomo de la puerta y se paró delante. Tampoco aquella vez tuvo que llamar. Aguanto la respiración mientras se abría.

Aquel olor que tanto le había perturbado la otra noche, volvía a invadirle el cerebro. Cerro los ojos. Cuando los abrió, ya estaba dentro de la habitación con la puerta cerrada. ¿La había cerrado él? No lo sabia decir. La buscó con la mirada. Giró la cabeza a un lado y al otro. Nada. ¡Malditas sombras! La habitación enmoquetada era oscura, paredes y suelo tapizados. No se distinguía ninguna ventana. No era muy grande o a lo mejor era el efecto de las velas que las había por todos los lados. Podía presentir su presencia pero aun no la veía. De pronto la notó… su mano… firme sobre su espalda. No se giró, solo suspiró y la dejó hacer tal como pensaba hacer el resto de la noche. De echo por mucho que hubiera probado de hacer lo contrario, no habría podido. Ella no le habría dejado.

Tenía que permanecer callado. Desabrocho su camisa, se la sacó y la hizo caer a sus pies. Lo cogió de la mano y lo hizo sentar en una silla. ¿Estaba la otra vez aquella silla? ¿Era un sueño? Empezaron a sudarle las manos. La miró. Por fin la miró. Estaba de pie delante de él, alta, postura desafiante, con actitud de quien se sabe en poder del control de la situación.

Llevaba un vestido negro, corto, de cuero, con una cremallera delante de arriba a bajo, desde el entremedio de los pechos hasta la entrepierna. Lo que hubiera dado por arrancárselo en aquel mismo instante… Tenia el pelo largo hasta media espalda, color miel. Los pies descalzos. Las piernas fuertes, larguisimas. Los muslos bonitos. La curvatura de las caderas no muy pronunciada. Una cintura que haría volver loco a cualquiera con sangre en las venas. Los pechos se adivinaban suaves, con consistencia de flan, ni grandes ni pequeños, la medida perfecta para estrujarlos entre las manos. El cuello largo. Las facciones duras… No era bonita, pero sí atractiva… tan atractiva.

Se puso a su espalda. Le colocó las manos encima de los hombros haciéndole un pequeño masaje en el cuello, solo de notarla tan cerca tenia el pene considerablemente erecto. Le desabrocho el botón de pantalón. Una mano resbaló por dentro y jugueteó con sus testículos. Los apretó y se estremeció. La mano se paseó entre las ingles. El pene señalando al techo, no podía estar más tieso. Empezó a notarse muy excitado. El olor a sexo se mezclaba con el de la habitación. Las manos cogieron al pantalón y el slip juntos, se incorporó un poco de la silla y los hizo bajar por debajo de las rodillas. Las rodillas muy abiertas. Una mano masajeandole la nuca la otra por debajo de los testículos, le estaban volviendo loco. Se moría de ganas de cogerle las manos y hacerlas apretar su pene, hacerle comprobar en que estado se la estaba poniendo, pero sabia que ella no se lo permitiría… No sabia cuanto tiempo tendría que estar así, mirando lo que le estaban haciendo aquellas manos. Sentía su respiración en la nuca, tan helada que casi quemaba. Le lamía por detrás de las orejas. Le estaba reinventando la oreja con su puntiaguda lengua. Por dentro… por fuera… Podía notar su respiración dentro de ella… Por fin una mano empezó a pajearle despacio… acompasadamente… gozo… placer… la mano se movía sabiamente, haciendo cortas paradas para continuar las sacudidas acelerando y luego manteniendo el mismo ritmo. Las rodillas muy abiertas.

Cuando notó que iba a correrse paró de golpe. Le pasó una pierna por encima del hombro, después la otra y tirándole la cabeza abajo, se le sentó en la nuca. El vestido era lo suficientemente corto y la maniobra suficientemente brusca como para que le notara la entrepierna… No llevaba ropa interior. Su coño estaba mojado. Él estaba muy cerca de un orgasmo. Rozaba las puntas de los dedos de los pies en sus ingles, mientras se refregaba en su nuca. Se excitó tanto que le dolían las bolas de mala manera. Ella apretaba los pies contra sus muslos, contra sus ingles, los movía pero evitaba rozar lo que él más deseaba que le rozara. Siguió así, fregando el sexo contra su nuca, mojándola con sus jugos, pellizcándole las tetillas, presionándole la pelvis, masajeando las ingles Él se cogía a la silla… ni notaba su peso comprimiéndole el cuello… En un acto de puro contorsionista, giró sobre él quedando sentada sobre su pene y abrazándole con las piernas, silla incluida. Ahora si que notaba su peso, le hacia daño sentada juntamente allí… pensaba que estallaría. Con tanta maniobra el vestido se le había subido caderas arriba dejando su preciado triángulo al descubierto con unos labios pequeños pero gruesos y entreabiertos, cubiertos por una ligera vellosidad parecida a la pelusilla y un clítoris rosado que asomaba encapuchado y mojado. Le hubiera gustado tener aquel cachito de carne en la cuenca de su mano. No pudo resistirse más y hizo el gesto (solo el gesto) de alargar la mano con la intención de pasarle un dedo por aquella hendidura de sonrisa indiferente. Ella lo apartó bruscamente. Sabia que se lo tomaría como una provocación y que pagaría las consecuencias, pero volvió a probarlo. Se levantó bruscamente con un rápido desplegamiento de piernas, lo cogió de un brazo y de mala manera lo tiro encima de la cama. Metió la mano debajo del colchón y sacó una cinta roja. Se puso nervioso. Le levantó la mano por encima de la cabeza y se la ató a un extremo de la cinta. Le cogió la otra mano… pero no le hizo ninguna gracia e intento resistirse. Ella le cogió la cara y le clavó los ojos tan severamente que le helo la sangre. Sintió miedo. El miedo lo excitó más de lo que estaba. Terminó de atarle las manos y después ató el otro extremo de la cinta a las barras de madera de la cabecera de la cama, dejando suficiente margen para poderlo girar si le venia de gusto. Sus uñas redondeadas le recorrieron el pecho cada vez menos suavemente que la anterior. Le abrió las piernas. Se giró y se puso de rodillas dándole la espalda. Le veía los pelos cayéndole por la espalda, la curva de la cintura, el culo tan perfectamente enfundado en aquel vestido negro… El impulso de tocarlo era irresistible, la imposibilidad de hacerlo insoportable… Ella retrocedió arrodillada acercándole el culo a su cara y se estiro encima de él, las piernas abiertas a los lados de aquel cuerpo ansioso e impaciente, la mejilla de ella sobre la pelvis de él, notando la rigidez del pene erecto. El sexo de ella tocando la barbilla de él.

Intentaba mirárselo. Olor de gamba fresca y heno recién segado. Ella besaba su atormentado pene. Le lamía los testículos. A él le llegaba aquel olor a mujer como el perfume más secreto. Instintivamente abrió la boca. Ella también lo estaba haciendo. Podía sentir el calor su boca entreabierta cerca del glande, aquellos labios de escándalo… recorriéndole el pene. Se sentía tan impotente de no poder lamerla… Gimió…

Sentía el cuero cálido sobre la piel… la cremallera fría… y no poder ni tocarla era… cruel. Le bajó la piel del glande con la boca. Estaba tan caliente que cuando notó la calidez de su boca en la punta del miembro, por poco le vino un orgasmo. Le chupó los testículos, mientras que un dedo le bordeaba la estrella plisada. Paró y volvió arrodillarse delante de él. Se lo estuvo mirando un buen rato. Tenía la verga muy tiesa. Él hacia esfuerzos para controlar la respiración. Ella lentamente fue haciendo bajar la cremallera de su vestido. Se le iba abriendo dejando entrever una blanquisima piel que parecía suave como una sabana de seda. Seda negra, como la de las sabanas sobre las que estaba estirado. Aguanto el aliento mientras ella terminaba de separarse el cuero de la piel. Por fin la tuvo desnuda delante de él. No tenia un cuerpo perfecto, pero lo que hubiera dado por tocarlo. Sus pechos eran más grandes de lo que le habían parecido. Le encantaban los pechos grandes, con las aureolas pequeñas como aquellos.

Quería acercarse, hundir la cara, morderlos, tocarlos, lamerlos, ¡lo que fuera!. Sus gemidos eran tanto de calentura, como de pura desesperación. Ella empezó acariciárselos, a estrujarlos, a recorrer los pezones con un dedo previamente humedecido dentro de su boca. Debajo de sus nalgas podía notar los efectos de su provocación. Con el dedo mojado fue llegando hasta el ombligo. Siguió avanzando. Vio que él estiraba los dedos. Mirándole a los ojos se colocó un dedo encima del clítoris y empezó a masturbarse delante de él. Se hundía un dedo dentro de aquellos pliegues que el tanto deseaba. Los abría y le enseñaba la boca del placer abierta. Se acariciaba aquellos carnosos labios. Meneaba con el dedo aquel rosado clítoris. Él sudaba. Quería ser los dedos de ella. Quería ser él quien la estaba tocando… quien le estaba haciendo respirar de aquella manera, quien estuviera apretando aquel coñito… que estuviera penetrándola… Ella primero se metió un dedo en el coño, después fueron dos… con los dedos aun mojados, le toco la mejilla. Se estremeció. Se los paseó por toda la cara. El cerro los ojos y movió la cabeza para hacerlos llegar a su boca, pequeño detalle que ella le concedió. Aquel gusto… Los apartó rápidamente y lo desmoronó. No pudo reprimir su queja.

¿Había osado quejarse? ¿Es que lo estaba desafiando? Se levantó y lo hizo girar de espaldas. Desapareció de su campo visual. La sensación de no poder ver que le esperaba era desesperante. Ella se enfundó un preservativo en dos dedos de su mano. Con un chasquido de dedos lo hizo arrodillar, apoyando la cara en la cama y las rodillas bien abiertas. Se colocó de rodillas detrás de él y le volvió a coger las nalgas del culo una en cada mano… las apretaba una contra la otra… las separaba… las manipulaba en todas las direcciones posibles… las estrujaba.

Le siguió la raja del culo con los dos dedos enfundados. Se puso nervioso e instintivamente contrajo el agujerito, pero respondió con un mordisco cerca de los testículos. Él hizo un bote inconscientemente y relajó la estrella plisada, momento que aprovechó para introducirle un poco los dos dedos. Apretó los dientes. Solo tenía las uñas dentro. No las movía. Espero que se adaptaran un poco. Movió la otra mano… a la barriga y le hizo abrir más las rodillas. Le manoseó el pene y los testículos sabiamente. Cogió el pene y mientras lo pajeaba lentamente, fue introduciéndole los dedos más profundamente.

La sensación de ser ella la que penetrara a un hombre y no al revés le producía una sensación inhumana. El se debatía entre el dolor y el placer. Dejaba entrar a los dos intrusos. Nunca había experimentado sexo anal. Hacía justo una hora que solo pensarlo le ponía increíblemente violento. Pero ahora notaba gusto y después del rechazo inicial le inquietaba la idea de que llegara a gustarle. Le hacia daño, pero no era un dolor desagradable. Quería centrarse, poner toda su atención sensitiva en aquella nueva experiencia, pero la calentura de la verga no se lo permitía. Ella la manipulaba poco a poco. Cada movimiento era un pequeño calvario, pero cada pausa se transformaba en una eterna espera deseando que no parase.

Los dedos continuaban hundiéndose dentro de sus entrañas y continuaba bombeando la berga. Se cogía a las barras que estaba atado apretando los dientes con cada movimiento de alguna de sus manos. No podía más. Por un momento creyó que perdería el conocimiento. Solo el interés de no perderse ninguna de las contradictorias sensaciones que le mandaban lo hacía aguantar. Se convulsionaba de placer. Los dedos continuaba entrando, no podía ser que los tuviera tan largos.

Se convulsionaba de gusto y dolor. Mordía la ropa de la cama para no chillar. Eran las normas. No podía ni tocarla ni chillar.

El esfuerzo para no hacer sentir su voz, por encima de los ruidos de la tempestad lo excitaba más y solo era superado por el esfuerzo de no vaciarse sobre la dulce mano torturadora.

Una norma cruel. Cuando el pene escupía la resbaladiza crema, final de trayecto. Ya podía haber pasado solo un minuto, que ella marcharía y él tendría que pagar lo mismo que si llevara toda la noche. Todo un reto de autocontrol que la última noche lo había hecho fracasar. Se sentía penetrado, violado, tenía dos dedos clavados en el culo. Notaba los nudillos de aquella mano hundidos en sus nalgas. Empezó a pasarle la lengua por los testículos… los besaba… los chupaba… hurgaba con los dedos… los giraba a derecha e izquierda… los sacaba un poco y volvía a meterlos más adentro. Estaba a punto de correrse y ella retiró los dedos lentamente. Dejó la dolorida y trempadisima verga. Él gemía.

Solo que hubiera soplado en sus bolas, se habría corrido.

Sudaba. Respiraba violentamente. Sufría. Ella se sacó el preservativo de los dedos. Le siguio la espalda con suavidad.

Lo giró. Su propio peso sobre el culo le dibujó una mueca de dolor en su cara. Ella acercó la boca a la otra parte dolorida de aquel cuerpo. Pasó la lengua empapada de saliva por el glande y lo chupo con deleite durante un rato. El placer no era tan amargo ahora. Estaba destrozado. Se moría de ganas por penetrarla a fondo, pero no se veía capaz de aguantarlo sin un solo grito. Ella le estiró las piernas y lo montó. Se meneaba encima de él. Tenia ganas de clavársela dentro. Justo pensarlo ella lo hizo. Lo acogió en su interior y lo galopó con toda la furia del trueno que aun resonaba. Lo sentía latir dentro suyo. Él se sentía profanador de un templo oscuro y sagrado. Le cayo una lagrima. Había luchado contra él mismo, contra sus impulsos, la había obedecido con una resistencia prácticamente nula.

Merecía aquel absurdo trofeo. Se sentía triunfador. Aquella vez había resistido hasta el final y la satisfacción era tal que ni el dolor en el pecho, ni el que le había producido aquella penetración salvaje, podían empañar aquel momento de gloria.

Respiraba tan deprisa que le dolía la cabeza. El corazón le latía tan fuerte que podía oír perfectamente sus latidos y notarlos en sus sienes. Sudaba exageradamente. El corazón le latía demasiado deprisa. ¡ El corazón le iba a cien!. Inhaló aire por última vez. ¡ El corazón a mil!… A cero… su última visión fue la maléfica sonrisa de ella. Supo que la victoria final no había sido de él. Entendió porque había tenido que pagar por adelantado dando el sobre y es que no hace bonito registrar la ropa de un muerto… con la berga tiesa.

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