Hetero Maduras

La revolución sexual

Una revolución es algo terrible. Sea el que sea su origen, los hombres se vuelven bestias y les sale a la superficie el animal indómito que llevan dentro.

Yo estaba de soldado en el 16 Regimiento, pero en el desorden que se produjo tras el saqueo de la ciudad conseguí escaparme con facilidad. Aquella ciudad era la mía así que rápidamente me fuí a mi casa a ver si había sucedido algo.

Fué terible. Sentada a la puerta estaba Antonia, nuestra muchacha llorando. “¡Ay señorito! -Me dijo en cuanto pudo- “¡Ha sido horrible. A su padre se lo han llevado y me han dicho que lo han fusilado, con otros muchos y a la señora la han llevado al Ayuntamiento con varias mujeres, dicen que para distribuirselas al pueblo!”.

Salí corriendo desolado hacia el ayuntamiento. A la puerta había todavía poca gente. Un revolucionario hacía guardia a la puerta.

¿A donde vas me preguntó?

Pues…

¿Vienes a por una mujer? ¿Te han contado que tenemos mujeres para todos? Pues pasa que eres el primero y podras elegir.

Subí la escalera de piedra sintiendo que alguien venía tras de mi. Oí ruidos tras una puerta entrabierta y entré. El espectaculo era terrible. Al fondo de la sola ocho o diez mujeres se apretaban contra un rincon. Cerca de la entrada había un grupo de tres milicianos mal encarados, desarrapados. Uno, bajito, calvo y gordo bebía grandes lingotazos de una botella de anís. ¡Que chaval! ¿Vienes a por una ciudadana? ¡Escoje la que quieras, que eres el primero. -Y me alargó un papel que decía “Bale por una mujer”- Para un rato o hasta que te canses de ella. ¡Hala! ¡Escoje!

Me adelante confuso hacia el grupo de mujeres que se apretaron mas entre ellas. Había de todo altas, bajas, delgadas, gordas, jovenes y no tan jovenes. Entre ellas estaba mi madre que era la de mas edad, con diferencia y probablemente la menos atractiva.

Yo nací un poco tarde, asi que ella ya había cumplido los cincuenta años por entonces. Era -y es – alta, rubia, mas bien delgada, con pechos medianos hacia grandes ya un poco caidos y aquellas horribles gafas de montura caramelo claro que entonces llevaba sobre su larga nariz.

Me miró atónita y esperanzada.

Yo dí un paso hacia las mujeres que chillaron y la cojí por la muñeca

¡Esta! – dije firmemente tirando de ella.

Vale -dijo uno de los milicianos- Adjudicada. Llévatela. – Se paró un momento – ¡Pero chico! ¿Te vas a llevar la mas vieja y mas fea con los bombones que hay?

A estos chavales tan jovenes ( yo no tenía aun los diecinueve años) -dijo otro miliciano- les gustan las gallinas viejas.

A ver. A ver -dijo el pequeñajo gordo y calvo con voz de borracho- ¿De verdad quires a esa zorra vieja?

¡Claro! -dije yo- Si no habría escogido otra.

¿Y que vas a hacer con ella?

Pues ¿Que voy a hacer? Lo que se hace con una mujer…

A ver, a ver. Me apetece ver algo de lo que haces con ella. Me huele que aquí hay algo raro.

Me quedé de piedra. Mama me miraba muy asustada.

¿Que quieres ver? – casi me sentía descubierto – ¡Mira!

Volví a Mama hacia mí y le estampé un fuerte beso en la boca.

¿Y eso es todo? -insistía el gordo- Venga, venga tócale las tetas.

De medio lado cogí uno de los pechos de Mamá y se lo moví un poco, sin saber que hacer. Mamá estaba tan asustada que su papel parecía muy creible.

¿Que es eso chico? -dijo otro- ¡Hala! Sácale las tetas que se las veamos.

Miré a Mamá estaba muy asustada y su cara apenas reflejaba nada mas que un horror básico. Dos milicianos nos miraban salaces y otros dos -sobre todo el maldito gordo y el que había estado en la puerta – con desconfianza.

Volví a mirar a Mamá luego miré se blusa cruda de diario, que tan bien conocía y dí un tirón de ella. Unos botones se soltaron y otros saltaron por el aire.

¡Sigue, sigue! -gritaban alguno de aquellos bestias y el gordo me miraba con curiosidad. Comprendí que aquello podía acabar muy mal y con un gesto brusco le baje a Mamá las hombreas de la combinación y el sostén hasta la cintura.

Sus largos pechos un poco aplastados quedaron colgando completamente desnudos. La volví hacia ellos para que la vieran bien, luego la volví hacia mí y empecé a magrearle los pechos y a besarla.

Se oyeron salvajes gritos de entusiasmo “¡Yo tambien quiero!” gritó algien para mi terror.

¡Pues buscate la tuya! -contesté procurando resultar firme.

¡Bien, chaval, Bien! -gritaron todos. Y me sentí reconfortado.

¡Bueno! Pero que se la joda un poco, que quiero ver como se corre la vieja.

¡Es de razón! -dijeron varios- Queremos verla y luego te la llevas para tí..

¡Un poco ma allá, en el suelo y luego te la llevas!

Pero ¿como quereis que se corra con todos vosotros mirando como lobos. -protesté.

Venga. Fóllala un rato y te la llevas.

Me aparté un poco con ella y la empujé. No había mas remedio, pero yo temía que no me iva a resultar posible. Se le doblaron las piernas y cayo hacia atrás. Aunque la sujete se dió un golpe en la cabeza. Me puse de rodillas junto a ella, casi no podía mirar su pálido rostro inespresivo ni sus tetas que ahora le caín una a cada lado. Le levante las faldas y le quité las bragas.

¡Abre las piernas! -le dije en voz alta para que oyeran. Y luego en su oido que fingía besar- Dísimula, Mama, no hay mas remedio.

Ella abrió las piernas y yo arrodillada entre ellas, me bajé los pantalones y los calzoncillos y me eché sobre su cuerpo. Se oyeron gritos de ánimo pero ellos no veían que mi pene colgaba como un badajo.

Empecé a moverme con desesperación sobre ella, veía que aquello no funcionaría y entonces podía pasar de todo. Le magreé las tetas intensamente, le chupe los pezones, la besé en la boca, le hice abrirla, le metí la lengua y seguí moviendome contra su pubis, su coño.

¡Muevete! -dije fuerte para que oyeran. Y ella empezó a moverse, primero lenta, luego mas acompasadamente y entonces se produjo el milagro. Mi miembro empezó a crecer, se fué estirando, sentí como latigazos en mis venas y adquirió su tamaño obligado. No sabía si horrorizarme o alegrarme pero había llegado a la erección y estaba dispuesto a seguir hasta el final. Me negaba a mi mismo que me apeteciera, pero había perdido el control y ya me gustaba su lengua sus pezones, sus largos pechos colgantes y sus muslos.

Le puse la punta de mi glande y empujé. Aquello estaba seco y no podía entrar. Insistí. La bese con ahinco, le metí la legua hasta la garganta y luego le dije al oido: “Solo una vez Mama, solo una vez. Hay que fingir” Pero era yo el que ya estaba finjiendo. Mama, con las gafas medio caidas, tirada sobre las polvorientas tablas del suelo, medio desnuda, me estaba apeteciendo mas que ninguna mujer en mi vida. Sus carnes ajadas me gustaban mas que las de cualquier compañera que hubiera probado.

Y de repente, sentí calor en la punta de mi instrumento, Mama levanto un poco las caderas y una cierta humedad llegó a los labios de su coño. Entré haciéndole daño y haciendome daño. Las fieras se dieron cuenta y jaleaban. Nosotros nos ibamos moviendo mas y mas. Yo daba cada vez mas fuerte, ella me aguantaba cada vez mejor, la sangre fluía a sus mejillas que ahora estaban muy rojas, nos comiamos mas que nos besábamos, yo unas veces tenía cogida una de sus tetas, otras veces la otra. Me parecían muy flácidas, pero deliciosamente suaves. Ella empezo a quejarse, a respirar fuerte, ya chorreaba las piernas abajo y yo cada vez mas fuerte, mas fuerte, con mas denuedo, sentía que mi iba a venir, la sentía respirar entrecortada, gozaba, gozaba de ella con pasión, con fuerza salvaje y en el momento en que gritó y se puso rígida le solte en sus entrañas el chorro mas grande de mi vida.

Se produjo un silencio en la sala. Solo alguna mujer lloriqueba. El que me había dado el vale por una mujer, que parecía el jefe, dijo serio.

¡Venga, chaval! Ya está bien y perdona. Si la quieres llévatela.

Levanté a mi madre, la medio compuse según pude, la cojí de la mano y me la llevé a casa. Ella se agachó para coger sus bragas.

Antonia ya no estaba. No había nadie

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