Hetero Maduras

Mi primera experiencia filial

En realidad no se como titular este relato de un hecho que me sucedió realmente y ha marcado mi vida de forma determinante. Lo único que sé, es que deseo vivamente contarlo, amparada en el anonimato que me ofrece la red. No podría hacerlo de otra forma.

Desde siempre en mi casa se gozó de una gran libertad, entre la que estaba poder disfrutar del desnudo sin restricción alguna. Para mí era algo muy normal de siempre, ya que desde pequeña había visto a mis padres y hermanos completamente desnudos, como la cosa más natural del mundo.

Para mi, un pene o cualquier otra parte del cuerpo del hombre o de la mujer tenía pocos secretos en cuanto a su forma externa, pero si algunos, como pude comprobar más tarde. Tenía 13 años, cuando comencé a experimentar una extraña sensación, que me hacía sentir algo incómoda. No sabría decir qué, pero era desconcertante. Notaba que cuando pasaba desnuda delante de mi padre, las cosas no eran como siempre. Me sentía observada y eso me producía una especial sensación que no sabría definir.

Empece a recordar algunos consejos que mi madre me daba desde hacía algunos meses a cerca de cómo eran los hombres y sobre mi condición y lo que tendría que cuidar en algunos años más. Inmediatamente descarte algunas consideraciones, ya que no tenia experiencia ni edad para asociar determinadas cosas.

Yo continuaba sentándome con mi padre en algunos lugares como en el sofá a la hora de ver la televisión, en los coches, en las hamacas de la piscina, etc., para jugar, sentirme a gusto y demostrarle mi cariño. Yo lo necesitaba, lo había hecho siempre y no tenía por qué cambiarlo.

Desde hacia algunas semanas las caricias de mi padre pasaban de la cabeza al pecho, a las caderas, a los muslos y al cabo de unos minutos observaba erección en su pene. Los primeros días no le daba importancia, entre otras cosas porque no sabia lo que significaba, pero el pene ya no era tan normal, como a mí me gustaba y como estaba acostumbrada a verlo, y alcanzaba unas proporciones enormes. Entonces, además de los sobeteos por mi cuerpo, se frotaba el pene contra mi cuerpo.

Observaba que papa pasaba muchas horas en casa y siempre me lo encontraba en todo momento.

En mi casa nadie cerraba la puerta del cuarto de baño, y era normal vernos en las tareas de aseo más intimas, sin ningún recato. Pero desde ese tiempo, siempre que pasaba por el cuarto de baño o por el dormitorio de mis padres, encontraba a mi padre con el pene erecto y tocándoselo.

La muy inocente de mí, le preguntó un día, sin el menor recato. Él me contestó que los padres hacían el amor cuando se excitaban y él si lo estaba y no tenía cerca a mama o a una mujer, se masturbaba, y paso a enseñarme como lo hacían los hombres. Debía estar muy excitado, porque no tardo ni un minuto en salir en gran chorro de algo blanco que, entonces, a mí me sorprendió mucho. Nunca lo había visto antes.

Cuando termino, me fui sin decirle nada, pero muy ruborizada e incómoda por mi inocencia. Me hubiera gustado decir que sabía lo que era y como lo hacían los hombres, etc, para no pecar de mojigata, pero para mí realmente fue una sorpresa.

Fue algo que no me agradó a la vista, pero las imágenes del chorro de semen no se me fueron de la cabeza durante varios días. No conseguía entender si me gustaba o no, pero no me encontraba a gusto.

Seguía encontrándome a mí padre desnudo, como siempre, pero cada vez más y a solas y en excitación.

Yo intentaba dar una gran sensación de normalidad, demostrar que era adulta y que lo entendía todo, pero no dejaba de sorprenderme y ruborizarme, cada vez que veía a mi padre menear el enorme falo que tenia cuando se le ponía erecto y cuando manchaba todo de ese líquido blanco.

La situación se me hacía incómoda y ya no pude aguantar más y una tarde que le vi en su habitación haciéndolo, entre a preguntarle, el por qué de mi sensación.

Me explicó que era algo normal ya que mi rubor se debía a que ya era una mujer, ” y muy hermosa”, dijo él, y empezaba a darme cuenta del enorme poder de seducción de una mujer. Como no acababa de entenderle, insistí. Entonces empezó a construir un razonamiento que me despejo muchas incógnitas y me ilusionó mucho.

Me dijo que como ya era una mujer y muy hermosa, ya empezaba a despertar el deseo en los hombres; que aunque él era mi padre, no dejaba de ser un hombre y que hacía semanas que se fijaba en mí y le producía excitación. Yo me sentí muy halagada y satisfecha, porque empezaba a entender algunas cosas que mama me había advertido.

En lo referente a lo que me parecía desagradable del tamaño del pene, era porque no estaba acostumbrada a verlo así, pero que algún día me gustaría y en cuanto al líquido blanco, era la manera de saber que se había alcanzado el placer máximo y era necesario. “Ahora que empiezas a ser mujer comprobaras el gusto de saber que todo esto lo provocas tú sin quererlo”, me dijo.

Le plantee que entonces ya no podría más ir desnuda por la casa, ya que no había nada más lejano a mi intención que producirle, a él y a mis hermanos, algún padecimiento. Inmediatamente me pidió que nunca hiciese eso, pues le privaría de uno de los mayores placeres que había encontrado en la vida; que mamá también iba desnuda, también le excitaba y eso era bueno, porque así hacían mejor el amor.

Ahí me volví a perder, y dudé en preguntarle por no parecer una ignorante. No sabía si eso significaba que se excitaba conmigo y le hacia el amor a mama pensando en mi. Como ya estaba en faena, se lo pregunte. Me dijo que lo hacia pensando en la dos, lo que me equiparaba a la condición de mujer con mama. Que le gustaría hacerlo conmigo, pero como era un tabú social, en el que él no creía, no haría nada sin quererlo yo, y que por eso se masturbaba, aunque pensaba que era una hipocresía, pues se fijaba en mi cuando lo hacía.

No supe que decir. Solo que si era para mi padre, al que yo adoraba tanto, que jamás me haría daño, y como ” yo ya era una mujer”, podía seguir haciéndolo mientras me miraba.

Me dio las gracias y un beso en los labios, como acostumbraba desde que nací.

Parecerá ridículo, pero me sentía importante, útil y madura. Ya era como me habían dicho de pequeña que llegaría a ser.

No pasaba día en que mi padre se masturbara una o dos veces delante de mí.

Durante un tiempo no me importó, por las razones antes expuestas y por que mi padre era y es un hombre atractivo. No solo en el aspecto sexual, bien dotado, algo que solo comprendí a los 18 años, sino porque era un primor cuando me acariciaba y me sumía en su regazo. Siempre fue comprensivo y cariñoso.

Pero al cabo de unos meses, empecé a sentirme incómoda de nuevo. Empece a ir vestida más tiempo del que lo hacía antes y a evitarle, ya que algo se escapaba a mi comprensión.

Entonces mi padre me seguía, entraba en mi habitación sin llamar, cosa que nunca me importo, pero empezaba a incomodarme, a hacerse el encontradizo en el baño, en los pasillos, …… en todas partes.

Pense en cortar el asunto y evitar que me volviera a ver desnuda. Pensaba que evitando la provocación, evitaría la reacción.

Un día que estaba tumbada en el sofá viendo la televisión, oí que se acercaba y me hice la dormida. El se sentó a ver la televisión desnudo y puso un vídeo porno. Comenzó a jadear al ritmo de las voces de la película y supongo que a masturbarse. Yo estaba de espaldas y no lo podía ver. No sabía que hacer; si continuaba haciéndome la dormida y esperar a que terminase y se fuese, perecería ridículo, ya que sus jadeos eran demasiado sonoros, pero si me iba, tendría que verle y quería evitarlo para no darle motivo.

La lógica solo me dejaba una salida: despertarme y demostrar mi madurez aceptando como natural el verle como se masturbaba, una vez más.

Efectivamente, me desperecé y con cara somnolienta pregunte que pasaba mientras giraba la cabeza hacia mi padre.

Impulsada por la sorpresa pegue en bote que me sentó directamente en el sofá al comprobar el tamaño de su pene. Era muy grande, pero más que ancho, era largo, tremendo; nunca lo había visto así. Ruborizada por la sorpresa e intentando que él no se diera cuenta, no tuve otra reacción que la de irme para aclarar mis ideas a solas, pretextando que le dejaba solo para no molestarle.

Para irme del salón tenía que pasar necesariamente por el sofá en el que él estaba tumbado. Cuando pasé a su altura, me sujetó por el brazo y me dijo: “como ya no me dejas verte, tengo que excitarme con estas extrañas”. Me lo dijo de una forma tan suave y tierna que no supe que responder ni que hacer. Me quede callada unos instantes y, como no me soltaba, me senté a sus pies. Entonces me soltó, se sentó a mi lado y mirándome a los ojos mientras me acariciaba el pelo, me soltó un ” te quiero tanto…” que me desarmó.

Tratando de recuperarme y de mantener la compostura de mujer adulta, le contesté que por qué me decía eso. Me respondió que había notado desde hacía tiempo mi distanciamiento y que no quería hacerme ningún daño; que si no quería dejarme ver desnuda que estaba en mi derecho, pero que me echaba de menos.

Sinceramente, terminó de derrumbarme. Su cara era como la de un niño pidiendo compasión y algo de ternura. Me pareció tan sincero, que me sentí muy a gusto y acariciándole la nuca y dándole un beso le dije: “para ti, lo que quieras”.

Bajó el volumen del vídeo y me pidió que me desnudara. Así lo hice y me volví a sentar a su lado esperando sus indicaciones. Se levanto, se sentó a mi lado, me acarició los pechos, los muslos y me dio un beso como los de siempre. Mirándome a los ojos me pidió que le tocara el pene. Era la primera vez que lo hacía, me atraía la idea y estaba nerviosa e impaciente por experimentar esa sensación.

Lo hice tímidamente con una mano, pero apenas cubría una cuarta parte. “Que suave”, fue lo único que me salió por la boca cuando comprobé la suavidad de la piel de un pene. Entonces lo hice con las dos y empece a sobarlo como quien palpa un tejido de seda.

Mi padre me dijo: “Hazlo como has visto en el vídeo”. Inútilmente intenté imitarlo, pero ante mi temor a la torpeza, mi padre me tranquilizo con un “está muy bien”. Al cabo de un rato, me pidió que lo chupara. Me quedé mirándole esperando encontrar en sus ojos confirmación. Asintiendo con la cabeza y transmitiéndome tranquilidad con una sonrisa, me incito a hacerlo.

La sensación era tan suave como con la mano. Olía tan limpio como él acostumbraba a serlo. Yo me afanaba en hacerlo como una experta de los videos, pero me distraía jugando suavemente con el roce de la piel, hasta que mi padre de un empujón me la introdujo mucho más de lo que mi boca era capaz de asumir. Me provocó una náusea y aparté rápidamente mi boca de su pene, a la vez que tosía.

Me pidió disculpas, mientras me dirigía la cara hacia el pene de nuevo. Le rogué que no me lo pidiera de nuevo. Le ofrecí hacérselo con las manos, a lo que aceptó gustoso.

Debía ser muy torpe, porque a los pocos segundos me quitó las manos de su pene y me las puso en sus testículos, mientras es se masturbaba a una velocidad y fuerza de vértigo. Cerró los ojos, estiró su cuerpo hacia atrás y jadeando, miraba intermitentemente mis manos y las suyas.

A los pocos segundos saltó un chorro de semen que me manchó toda la cara y el pecho. No me atreví a moverme y esperé sus indicaciones mientras le miraba a su rostro. Sorprendida de su cara de dolor o de placer, entonces no lo sabía, tenía la duda de si se lo había hecho bien o no, de si habría disfrutado o no. Para mí esos segundos de incertidumbre fueron horas.

Comenzó a llorar, me dio un beso y las gracias, y se fue.

Entonces mi desconcierto fue total, pero de sus labios, al darme las gracias, salió el aliento más agradecido que he sentido en mi vida. Supuse que todo habría ido bien y que en otra ocasión me lo aclararía.

No sé por qué, pero esa noche me fui a la cama satisfecha y tranquila. No podía, ni quería quitarme esas imágenes de la cabeza. El pene de mi padre me había gustado y sin darme cuenta me encontré haciéndome con la mano en mi sexo lo mismo que las chicas de la película.

Esa noche tuve mi primer orgasmo y me gustó porque me corrí pensando solo en lo único que yo entonces entendía, en la suavidad del pene de mi padre. Sabia que los orgasmos en la mujer se alcanzaban introduciendo el pene en la vagina, eso lo sabían hasta los pequeños, pero esa noche desconocía que se conseguía por frotación continuada con el clítoris. Fue un orgasmo mental y verdaderamente bonito.

Desde que todo empezó hasta este primer orgasmo habían pasado 6 meses, y yo de los 13 a los 14 años.

Después de esta experiencia y durante mucho tiempo masturbaba a mi padre muchos días. Aprendí a hacérselo con la boca y sin que me produjera molestas sensaciones. Aprendí a utilizar la lengua, las manos y los labios. No me apetecía mucho tragarme el semen, pero yo sabía la enorme satisfacción que le producía y lo hacía a gusto.

Mi padre había sido lo suficientemente listo como para excitarme previamente a las mamadas. Me había enseñado a masturbarme por rozamiento y me lo hacia siempre antes de empezar yo y terminábamos corriéndonos juntos.

Con los meses se hacia normal y cuando a mi no me apetecía, mi padre se masturbaba mirándome desnuda. Me gustaba que no me obligara a tocarle cuando no me encontraba bien.

Harta de ver penetraciones en las películas, le pregunté por qué no deseaba penetrarme a mí. Esa pregunta debió sacarle de sí porque alcanzó una erección de las grandes, como no recordaba desde el primer día.

Me confesó que era lo que más deseaba, pero que no lo hacía porque me lastimaría y por los riesgos de un embarazo.

Yo me reí sonoramente y haciéndome la entendida, le recordé los procedimientos de prevención.

Me pidió mucha atención a lo que me iba a decir. Yo estaba intrigada y ansiosa por su respuesta. Siempre había tenido miedo a una primera penetración, pero estaba esperando una respuesta positiva de mi padre, ya que el no podría hacerme ningún daño. Sola darme amor, placer y enseñarme; y si era como lo que conocía, me gustaría.

“Lo haremos, pero con preservativos, y jamás habrá de saberlo nadie”.

En mi sonrisa descubrió mi aprobación y deseo de hacerlo inmediatamente.

Me agarro de la mano y me llevo a su habitación. Mi estado era de verdadera excitación y curiosidad, pero de enorme tranquilidad, porque iba a experimentar lo que había oído a otras muchas mujeres narrar como una experiencia difícil, dolorosa y generalmente insatisfactoria, pero con una persona que tenía experiencia, que no me haría daño y nada que yo no quisiera. Sabía que era la mejor forma de conocerlo.

Sin llegar a tumbarnos en la cama, de pié, pasándome las dos manos por mi nuca dirigió sus labios hacia los míos y me dio el primer beso sexual que he conocido de mi padre o de cualquier otro hombre. Ahí noté el primer cambio. No me costo encontrar la diferencia entre los besos que acostumbraba a darme en los labios y aquel beso de deseo. Realmente estremecedor.

Todo se desarrollaba lentamente, parecía estar bajo los efectos de alguna droga o del alcohol, como pude comprobar años más tarde cuando probé las bebidas alcohólicas; todo era como una nebulosa en la que los acontecimientos se desarrollaban mientras volábamos.

Empezó a quitarme la ropa despacio, muy despacio y sin mediar palabra, me preguntaba con la mirada cada pocos segundos si todo iba bien.

Yo quería más besos. No sabía lo que tenía que hacer o, más exactamente, lo que él esperaba que yo hiciese. Me había propuesto dejarme llevar hasta donde él me llevase.

Cuando estuve totalmente desnuda, abrió la puerta del armario y apareció el gran espejo de la contrapuerta. Mi cuerpo se reflejaba totalmente en el mural y por encima de mi cabeza se apreciaba la de mi padre quien se limitaba a sobarme los pechos y a permitirnos contemplar mi cuerpo durante largo tiempo, hasta llegar a apreciarlo como antes nunca lo había hecho. No me parecía el mío. Por primera vez me gusto, descubrí unas formas femeninas excitantes y aprecié el sexo en un cuerpo de mujer. Era como si una tercera persona estuviese espiando escenas íntimas de otra pareja. Creo que era realmente provocadora para cualquier hombre. Tenía gran estatura para mi edad, formas proporcionadas y desarrolladas, una piel muy suave y la ternura e inocencia de la edad. Ahora comprendo lo que una chica así inspira a los hombres.

Después me giró hacia él y se terminó la sensación de tercera persona. Sin dejar de mirarnos a los ojos, me empujó de los hombros hacia abajo hasta arodillarme y me pidió que le sacara el pene del pantalón. Sin dudarlo y con una enorme ansiedad lo hice. Cuando le desabroché el pantalón, el pene le sobresalía de los calzoncillos y estaba ardiendo. Sin bajárselos, solamente tirando de el hacia mí, terminó de salir todo el pene y me lo introduje en la boca como yo ya sabia hacerlo. Le estuve succionando un rato largo pero que me pareció corto. Él empujaba mi cabeza hacia su pene con las manos en mi nuca y otras veces me alejaba tirándome del pelo. Yo sabía que quería mirar y yo me esmeraba especialmente en esos momentos.

Cuando empezó a jadear, me quitó de su pene y levantándome con sus manos me llevó a la cama. Me tumbó y empezó a desnudarse completamente delante de mí. Mi padre tenía un cuerpo que antes no había sabido descubrir, era atractivo y lo deseaba. Hasta su enorme pene me pareció bonito y lo desee, no sabía como, pero lo deseaba para mí, dentro de mí. Ahí descubrí el sexo de verdad.

Cuando estuvo desnudo, puso primero una rodilla en la cama, luego la otra y dirigiendo su boca a mi entrepierna, con sus manos me las abrió y empezó a besarme en el bello púbico. Fue bajando poco a poco hasta introducirme su lengua. Grité de placer; nunca había sentido una sacudida tal. Sin darme cuenta yo estaba haciendo lo mismo que él me hizo: empujar su cara hacia mi pubis con mis manos en su nuca.

Yo habría las piernas todo lo que podía y él introducía su lengua todo lo que mi agujero le permitía. Así estuvo más de 10 minutos.

De repente y sin saber como habíamos llegado a esa posición, me encontraba haciendo un 69. Entonces noté algo distinto. Mi padre, sin saber de donde lo había sacado, empezó a untarme algo suave y frío, que luego supe era vaselina, pero yo continuaba chupándole con fruición.

En ese momento rompió el silencio para volverse y decirme a la cara que primero me la introduciría sin preservativo para que disfrutara del placer de un pene en contacto directo. Me pidió que si al introducírmela sentía dolor, se lo dijese inmediatamente y pararía.

Se levanto encima de mí y con una mano se sujetaba en plancha y con la otra dirigía el pene hacia mi sexo. Los dos pudimos ver como iniciaba la introducción. Cuando ya estaba introducida la punta, se apoyó en mi y mirándome a los ojos, empezó a meter y sacar en pequeñas progresiones.

Era evidente que aquel era un pene muy grande para un cuerpo de 14 años y pensé que me dolería. Me puse un poco tensa y mi padre lo notó. Paró y me pidió que me tranquilizara. Me dio otro beso y continuó su rítmico movimiento. Sin saber como, me encontré con más de la mitad del pene de mi padre dentro. Lo supe cuando su extremo tocó en el fondo de mí. No me hizo daño, pero me asusté y pegué un pequeño brinco de prevención. Me preguntó si me había hecho daño y yo le contesté que no pero que la sentía toda dentro de mí.

Él me lo explico, que no entraría toda y que tal vez en algún movimiento me hiciese algo de daño y me tranquilicé.

Aquello era sorprendente, todo era calor y suavidad. Mi padre, me lo dijo luego, no quería que yo viese la sangre que manaba de mi puvis, pues tal vez me habría asustado.

En alguno de sus empujes notaba como tocaba en el fondo de mis entrañas, pero no me dolía y le dejaba porque veía que era cuando él más disfrutaba. No me lo podía creer en algunos mementos se introducía casi entera, porque sentía la bolsa de sus testículos chocar en mis muslos.

Yo nunca había pensado que un pubis pudiese ensanchar tanto como para poder introducir aquel pene. Evidentemente había sabido calentarme.

Mi padre estaba como loco y yo sentía que mi orificio hacia mucha presión sobre su pene ya que, aunque entraba, le costaba empujar.

De repente la sacó y se puso el preservativo con mucha prisa. Sin decirme nada la introdujo de nuevo y empezó a empujar sobre mí con una fuerza que no había visto antes y a jadear muy fuerte, casi gritaba. Me besaba, sentía su aliento en mis labios, en mi cuello y pensé que algo importante venía. Me concentré para atender a lo que me pudiese decir y le deje hacer, pero siempre atenta.

Me miro a los ojos y me dijo mientras empujaba con fuerza y profundamente: “hija me estoy corriendo en tu coño”.

No sabia que hacer, ya que el nunca había empleado esa palabra tan grosera para referirse a mi sexo, y pense en seguir quieta, dejándome hacer.

Se quedó tumbado encima de mí durante unos segundos con una fuerte respiración. Su peso me impedía respirar bien, pero lo soportaba.

Al cabo de unos segundos me besó y mirándome a los ojos me dijo que era el hombre más feliz del mundo y que era la mujer que más le había hecho gozar en su vida.

“Ahora, vas a conocer tú lo que es un orgasmo con penetración”, me dijo. Se fue al baño, se lavo el pene durante un buen rato con mucho jabón y comenzó de nuevo a hacérmelo con la lengua. Yo continuaba excitadisima, cuando repitió la acción de introducirme el pene con una mano. Sujetándose en vilo con las manos apoyadas en la cama me permitía tocarle y acariciarle, mientras él a un ritmo progresivo iba introduciéndomelo con mucho cuidado para no tocar el fondo. Su pene era más ancho y menos duro, lo cual me producía más gusto.

A diferencia de antes, se notaba que él ponía toda la atención en procurarme placer. El ritmo de sus sacudidas era cada vez más rápido. Yo tenía los ojos cerrados y solo veía las imágenes de la mamada que le había hecho antes. La temperatura de mi cuerpo aumentaba y notaba que mis venas se hinchaban. No sé como pero yo solo deseaba que no parara en sus movimientos por que cada vez me gustaba más, parecía que algo tenia que llegar, pero no veía el fin; cada vez me gustaba más.

Enseguida me di cuenta que algo venía y reprimí un grito de placer que mi cuerpo pedía, para que no pensase que me hacía daño. Me quedé tensa apretando a mi padre contra mí, procurando que lo la sacara en sus movimientos, perdí toda noción de sensación física y un latigazo de placer me sacudió el cerebro. Fue breve pero tan intenso que nunca pude sospechar que existiera tanto placer.

Mi padre que se había dado cuenta, continuó con el movimiento de meter y sacar, pero mucho más lenta y profundamente, hasta quedar completamente parado y extenuado como yo.

Fueron muchos minutos de pensativo silencio el que nos mantuvo abrazados.

¿Aquello era amor, sexo?. No lo sé, pero era inmenso y maravilloso. No quería terminar nunca aquel momento.

Cuando terminé de abstraerme en mis pensamientos, que me tenían completamente ausente, vi mi padre mirándome a los ojos y llorando. No le pregunté nada porque le entendí y yo también empecé a llorar.

Le di un beso en los labios y recuerdo que le dije ” Seré tuya siempre que me desees”. Nunca había prometido algo tan convencida. Durante algunos meses le hacíamos cada vez que podíamos. Pero yo prefería cuando no había nadie en casa, porque era más prolongado, bonito e intenso y en casa eso era difícil. Cuando no estaba mi madre, estaba mi hermana o alguno de mis dos hermanos.

Al final optamos por irnos a un hotel.

Allí, una vez en la habitación, podíamos centrarnos con tranquilidad en hacer el amor. Yo cada día me sentía un poco más obscena, supongo que cosas de los años, e imaginaba cosas y situaciones que al principio no me atrevía a confesar a mi padre, no pensase que era una sucia. Pero no pasaron muchos días en los que él no me fue enseñando como exteriorizarlas, para mayor disfrute mutuo. No hay duda de que sabía como ir quemando etapas y las necesidades de la edad.

Empecé a sentir el placer de provocar excitación haciendo estripteases, en excitarle con tocamientos y conversaciones, en relatar mis más íntimos deseos, en experiencias con más de un hombre, en que nos viese alguien más..

Podía, sin temor alguno, contarle a un hombre que me quería todo lo que deseaba y se me ocurría. El siempre estaba dispuesto a complacerme en todo.

Cada día las relaciones eran más sexuales y poco a poco, sin perder un ápice de cariño, se han convertido en un deseo irrefrenable de búsqueda de placer, que no sé cuando se acabará. Pero mientras dure continuaré haciéndolo. De mil amores. Con los años la relación es más adulta y más sexual. Cuando salimos de viaje jugamos a que somos una pareja de queridos, ella joven, que hacen escapadas y nos gustaba la idea de que la gente entienda que estamos haciendo el amor sin que ellos sepan que somos padre e hija. Eso es muy fuerte y nos vuelve locos.

Hemos experimentado casi de todo, pero no se trata de extenderme más. Lo que hay sirve a los fines que pretendo.

Ahora que soy mayor entiendo muchas de las cosas que me pasaron y a todas ellas les he encontrado explicación y sentido, por mí misma y sin intérpretes intermediarios. Por eso no entiendo a los que se dedican a imponer normas de comportamiento obligado a los demás, pretendiendo establecer lo que está bien o mal.

A mí me pasó, me gusta y no me ha traumatizado en absoluto. Soy una mujer de 28 años, felizmente casada y con un hijo de 2 años. Sigo manteniendo relaciones satisfactorias con mi marido y mi padre. Y los dos lo saben. Creo que el secreto está en que lo afronté desde un planteamiento de base 0, sin condicionantes, limpia y sinceramente, sin prejuicios; todas las piezas me encajan y no hago daño a nadie Y continuaré así hasta que se extinga o acabe de forma natural. No intento convencer a nadie. Ah! , y soy una persona muy feliz y mentalmente sana.

Una explicación lógica y natural; sencilla, sin más.

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