Hetero Maduras Románticos

Soltera y atraída por un jovencito estudiante

Para festejar sus treinta y tres años, Rosalinda llamó a Rodolfo. De sus amigos era con el que mejor se acoplaba para bailar, y esa noche tenía enormes deseos de pasarla con un buen bailarín. Rodolfo, que aún se conservaba soltero, estaba siempre disponible para ella.

Bailaron hasta la madrugada. Luego, retozaron incansables en el departamento de Rodolfo. Rosalinda, al quedarse dormida, estaba feliz.

Cuando despertó escuchó ruido en la estancia que a la vez era cocina.

El baño está listo, le dijo Rodolfo.

Rosalinda sonrió agradecida y se dijo:

– ¡Ay! Rodolfo, Rodolfo, nunca vas a desistir.

Cinco años antes se conocieron en una empresa donde ambos solicitaron empleo. Los exámenes y entrevistas los hicieron el mismo día; coincidieron en el consultorio de la empresa para someterse a la exploración médica. Ambos notaron la coincidencia y Rodolfo tomó la iniciativa. El día que les entregaron resultados médicos, hicieron su primera salida juntos: fueron a desayunar a insistencia de Rosalinda. Luego de varias citas para divertirse salieron a bailar, y eso fue lo que selló en definitiva una larga amistad entre los dos. Un viernes, después de bailar, Rosalinda lo invitó a cenar en su casa. Fue la primera noche que durmieron juntos.

Trabajaron en la misma empresa durante algunos meses. Rosalinda recibió una mejor oferta de trabajo por la que dejó la compañía, y a Rodolfo. Sin embargo, continuaron la amistad. Rodolfo propuso en varias ocasiones que adquirieran el titulo de novios, pero Rosalinda siempre se negó alegando que para salir no se necesitaban títulos como estaba demostrado con ellos mismos, que hasta dormían juntos, como amigos, y sabe a lo mismo, ¿o no?, le preguntaba, y él no tenía más remedio que aceptar resignado.

En el aniversario de Rosalinda se repitió lo mismo, estamos envejeciendo, le dijo Rodolfo, como agarrándose de un nuevo argumento, y por eso es que ya no te propongo que seamos novios, te pido que seas mi esposa, que nos casemos. Rosalinda estuvo a punto de reír como respuesta. Se abstuvo, porque quería mucho a su amigo; de ninguna manera lo iba a ofender. Pero le repitió la misma explicación que por años le dio:

– ¡Ay Rodolfo de mis pecados! ¿Cuándo entenderás que yo no soy para el matrimonio ni para tener títulos espurios? ¿No me has comprendido con tanto tiempo de hablarnos, de contarnos nuestras congojas, alegrías, sufrimientos y nuestros amoríos?, ¿no hemos comentado nuestros amores con otros y otras?, incluso conoces a algunos sin que hasta ahora tengamos ningún problema. ¿No te gusta nuestra libertad? A mi me encanta. Tú y yo hacemos, en efecto, una pareja como hay pocas en nuestro mundo: conversamos, bailamos y cogemos de lo mejor. Siempre nos hemos divertido; no recuerdo que hayamos tenido nunca una diferencia que terminara en pleito, ¿para qué echar a perder esta magnífica amistad?

– Yo te adoro por ser libre y porque… me das tanta de tu libertad. Pero quisiera preguntarte: ¿No tendrás nunca un hijo?

– Puta, ahora si que me sacaste de onda. ¿Pues qué para tener hijos es necesario el matrimonio? ¡Oye!, no te conocía esta inefable desviación. Pero te lo diré otra vez: sí quiero tener un hijo, pero aún no se me da la gana tenerlo. Cuando lo decida, tal vez te escoja como garañón. Por lo pronto, sigamos como hasta ahora, ¡cuates como no hay dos pares!.

La conversación no fue del todo incruenta para Rosalinda. Y no lo fue, porque la asoció a lo escuchado apenas unos días antes de celebrar su cumpleaños. Asistió a una conferencia – obligada por su trabajo – sobre problemas de salud de las mujeres. Nunca se explicó cómo surgió la exigencia de que ella asistiera, puesto que su profesión y su trabajo no tenían nada que ver con el tema. Lo cierto es que, ante el cuestionamiento de su más querido amigo, recordó una pregunta de la concurrencia al doctor que daba la plática; y la respuesta: “se recomienda que las mujeres tengan sus hijos entre los 22 y los 30 años, porque en esta etapa, la posibilidad de trastornos para las gestantes y los productos, son menores. Rebasando esa edad, los recién nacidos pueden tener problemas”. Y ella, en unos días, cumpliría los treinta y tres. Recordó que le dijo a Rodolfo que aún no decidía tener un hijo, pero que sí lo deseaba; de la asociación entre los dos factores resultó una gran inquietud que terminó con la calma y hasta con el sueño de Rosalinda.

Muchas noches de insomnio le costó llegar a la decisión: ya era tiempo de tener el hijo. Además, sin casarse. El padre será el mejor ejemplar de hombre que pueda encontrar. Pero este hombre ni siquiera debe enterarse que me embarazó y menos saber a ciencia cierta quien soy. No quiero tener dependencias ni compromisos profundos y menos por la paternidad.

Las decisiones implicaban ingentes problemas, desde encontrar al “garañón”, como dio en llamar al futuro padre, hasta conservar el anonimato, pasando todo el proceso de acercamiento y por la fecundación misma.

Fue a revisión médica para tener certeza de su salud y de su fertilidad. Al mismo tiempo, pidió la seguridad de que aún estaba a tiempo de ser fecundada sin grandes riesgos. El médico le dio la confianza necesaria y le dijo cómo conocer sus días de mayor fertilidad.

Dejó las actividades de esparcimiento después de las jornadas laborales y empezó a reflexionar sobre la mejor manera de resolver los problemas prácticos para llegar a la maternidad. Definió el perfil físico y emocional del “garañón”, como primer paso. Del paradigma imaginado, surgió el área donde debería buscarlo: el medio universitario. Para ella los aspectos físicos quedaron, sin ser eliminados, en un lugar secundario, debería tener una cierta perfección, sin ser un monumento de macho, por supuesto. Pero debería tener, además, una preclara inteligencia y madurez de espíritu. Concluyó.

Vagó por las diferentes escuelas y facultades de las universidades públicas, porque de las privadas no quiero saber nada, ahí puro pirruris y esos me caen como patada en el ombligo por pedantes, prepotentes y prospectos de explotadores. Asistió a conferencias, a conciertos, a diversos actos, incluidos los políticos, hasta concurrió a los salones de clases para ver tanto a los estudiantes como a los profesores.

El primer seleccionado, por su aspecto físico, lo abordó en un mitin de la Universidad. Le dijo:

– Te invito a tomar un café.

El interpelado era un muchacho de unos 23 años, como de uno ochenta y tantos de estatura, de tez blanca bronceada por el sol, ojos grandes y labios que la invitaban a morderlos, pelo largo alborotado y castaño obscuro, dientes bien alineados y músculos desarrollados sin ser notables. El muchacho se sorprendió por la invitación y la miró desconcertado. Sin embargo, dio la impresión de que le agradaban, tanto la invitante, como la invitación misma. Aceptó.

Él propuso ir al Vip’s de Miguel Ángel de Quevedo. La tomó con naturalidad del brazo, la hizo subir a un destartalado Vocho, mientras comentaban sobre el mitin: ¿en donde militas?, ¿en que carrera estás?, ¿cómo te llamas?

La intención de Rosalinda al invitarlo, era conocer algo del pensamiento del seleccionado, esta era una de las condiciones fundamentales que puso para la selección: saber cual era la ideología del sujeto por aquello de la transmisión genética, aunque no fuera cierto. A las preguntas, dio respuestas improvisadas. Tanto pensó el problema de las características del “garañón” que no pensó en otras necesidades implícitas en el proceso de conocer al sujeto a seleccionar; entre otras, con qué nombre se iba a presentar porque no iba a dar por ningún motivo su nombre verdadero, su actividad o profesión, en fin, todas aquellas cuestiones que son habituales al iniciar una relación entre dos personas.

El joven era estudiante de filosofía en el último semestre de los estudios, furibundo impugnador del régimen, reacio a cualquier trabajo físico y un optimista que consideraba la vida tan buena, que aunque fuera con escasa comida, un buen libro y algo de amor, se podía vivir solo por el placer de vivir. Perdido en sus lucubraciones filosóficas no dejó de hablar hasta que Rosalinda le dijo que debía irse, que la disculpara. Hasta entonces el presunto bajó de las nubes.

– ¿Cómo que ya te vas?, ¿y luego?

– Bueno, ya tomamos café, ¿no?

– ¿Nada más eso querías?

– Y… ¿qué más?

– ¿Cómo qué más?

– Pues sí, ¿pensaste que la invitación era por, o para alguna otra cosa?

– Para serte franco, sí. Yo creí que deseabas…, bueno, algo más.

– No, para nada. Simplemente me interesó conocerte. Eso es todo. Por cierto, ha sido interesante conversar contigo, tienes posiciones filosóficas que me agradan y creo que pensamos igual en muchas cosas.

El muchacho insistió pero Rosalinda, sonriéndole todo el tiempo, se despidió. Salieron juntos y él propuso llevarla a donde fuera, ella le dijo :

– Te acompaño a tu carro, allí nos despedimos. Yo tengo el mío un poco más allá.

Se estrecharon las manos y él, al subir a su Vocho le dijo:

– Ni tu nombre me dijiste. Pero no importa, me gustas. Yo soy Homero García; si deseas conversar de nuevo, búscame, ya sabes, estoy en filosofía, en las tardes.

El muchachón le gustó. Sin embargo, algunos aspectos no le eran satisfactorios; sobre todo, su verborrea. Sonrió al recordar el rostro desencantado de Homero cuando ella le dijo que no habría nada más. Era lógico pensar en el acercamiento sexual con una invitación como esa.

En un concierto conoció a un hombre maduro, sienes entrecanas, lentes de intelectual, delgado y extasiado con la música. Después del concierto, a invitación de Rosalinda, cenaron juntos. Platicaron amenamente de diversos temas, pero predominó la música. Para Rosalinda la velada fue deliciosa. El hombre en ningún momento intentó nada que no fuera la conversación. Tampoco se molestó porque ella, al terminar de cenar, pidió que la llevara para recoger su carro. Se llamaba Eugenio y era profesor de matemáticas en la Facultad de Ciencias. Melómano irredento y de casi cuarenta años de edad. Este dato, que Rosalinda obtuvo con habilidad, lo descartó.

Siguió viendo universitarios, maestros, estudiantes y hasta un empleado administrativo: a todos los eliminó.

Después, fue otro estudiante, adolescente, musculoso, rostro escultural y conversación ágil. Lo encontró en el cine club. En el intermedio fue a comprar un refresco, y ahí lo vio. Le gustó, se acercó y le dijo :

– Hola, ¿que te parece la película ?

– No está mal. Hay que ver la segunda parte para juzgarla. Y tú, ¿que opinas?

– Pues eso mismo, hay que terminar de verla. ¿Por qué no tomamos un café después de la función para comentarla? Te invito.

Para sorpresa de Rosalinda, el joven habló de todos los temas con cierta soltura y conocimientos evidentes, del cine tenía un conocimiento que a Rosalinda le pareció erudito. Cursaba el último periodo de la preparatoria y se alistaba para iniciar la licenciatura en Ciencias Políticas y Sociales.

– Si es verdad que apenas vas a terminar la prepa, ¿cómo es que sabes tantas cosas?, le preguntó Rosalinda intrigada.

– No sé, simplemente me gusta estudiar, leer lo más que sea posible y discutir con todo mundo a fin de tener mayores referencias. Pero no creas, sigo siendo un ignorante. Gracias a que mi padre tiene una buena biblioteca he podido leer algo, no todo lo que yo quisiera; falta tiempo, ya sabes. Tampoco creas que quiero ser un sabihondo; para nada, solo deseo ilustrarme, saber un poco de muchas cosas sin ser especialista de nada.

– Bueno, ¿nos vamos?

– ¿Por qué?, ¿ya te enfadé?

– No, claro que no. He conversado contigo como hacía mucho tiempo que no lo hacía, pero me tengo que ir.

– Como tú digas. Pero… tengo que decirte algo. Me gustas enormidades. Quisiera que fuéramos amigos. Cuando me invitaste, para emplear una figura cursi, sentí que se me aparecía la más hermosa de las diosas. Me sorprendió la invitación. Me desconcertó. Supuse, y te lo tengo que decir como lo pienso, que te gusté para… bueno, directo, para ir a la cama. Más sorpresa cuando me di cuenta que no era ese tu propósito, sino que era…, ¿será?, la necesidad que a veces tenemos todos de conversar con alguien, quien sea, pero que nos permita una cierta exteriorización de… ¿nuestras angustias? No sé, pero a mi me ha pasado y resulta que no siempre hay algún conocido disponible y tiene uno que tragarse sus deseos y aumentar la angustia. En serio que me gustas y que… me gustaría acostarme contigo. Así nomás, de a cuates, sin compromisos, sin nada que no sea sincero y sin mentiras. No te digo que ya nos vayamos a eso, no. Solo quise ser honesto y claro. Por eso te dije que me gustaría que fuéramos amigos, así, simplemente amigos… sin dejar de pensar que en un momento dado podríamos ser un poquito más. Si te ofendo con lo que dije, te ruego me disculpes; no quise molestarte. Me sale de adentro sin que pueda frenarlo. No me gusta dejar de expresar lo que pienso, pero a veces la riego y ofendo, por eso, una vez más, discúlpame. A propósito: me llamo Ernesto. ¿Y tú?

– Me llamo Rosa – seleccionó este nombre de batalla para no olvidarlo – Me fascinó tu franqueza. Y más la forma como planteaste las cosas del amor. ¿Eres sincero al pensar en coger sin ninguna condición previa o posterior?

– No me gusta mentir. Creo que es deshonesto decirle a alguien muchas cosas bonitas y, no sé, todo lo que se emplea para seducir; yo digo que seducción es sinónimo de engañar; es decir hablarle cursimente a una chava solo para llevársela a la cama, como que es engaño, ¿no?. Como por ejemplo, eso de proponerle ser novios y luego lo demás. ¿Para qué? Lo más simple es lo más directo y sin vueltas, me gustas y quisiera…; me parece mas honesto. El afecto, que en mi opinión es muy importante en una relación, viene después si los actores encuentran elementos en el otro para tenerle afecto, cariño, amor.

– ¡Caramba!, ¡Eres de otro mundo! Nunca pensé que un estudiante tan… joven pudiera tener la madurez de pensamiento que tú tienes. Una vez más… me sorprendes. A mi también me gustaría llegar a la cama contigo, pero no ahora; tal vez más adelante. ¿Nos vamos?

Rosalinda lo dejó en su casa. Intencionalmente insistió en llevarlo para saber dónde localizarlo; no quiso preguntar en cual prepa estudiaba y tampoco hacer una cita. Antes de bajar, Ernesto depositó un beso en la mejilla de Rosalinda.

– Entonces, dijo asomándose a la ventanilla, ¿no hacemos ninguna cita?

– Yo te busco. Ten la seguridad: te buscaré. Adiós.

Estaba positivamente impresionada y tanto, que casi decide en ese momento en que manejaba rumbo a su casa, hacerlo el padre de su hijo. Pero se dijo que la búsqueda aún tenía que seguir.

Tomó el consabido café con un profesor de literatura de la Facultad de Filosofía a quien contactó en una exposición de pintura en el Chopo. Lo mismo hizo con un médico que trabajaba en el Seguro Social; lo conoció en un concierto de jazz. Él la invitó a su mesa al ver que volteaba para todos lados como buscando a alguien o mesa desocupada. Departieron agradablemente, y se tomaron dos copas. Al terminar el concierto, ella pretextó cualquier cosa para eludir continuar en otro lado la conversación, a petición de él. Pero se citaron para conversar, como ella propuso, pues durante el concierto les fue imposible hacerlo. El médico no la retuvo sino a la primera taza de café. Prepotente, machista, presumido, ignorante, en fin, un desastre detrás de una fachada física agradable y vestimentas atractivas.

Un domingo no sabía que hacer. El plan para salir con Rodolfo se canceló porque él tuvo un compromiso imprevisto. Desayunó sin vestirse, pensando en los presuntos garañones. Hasta ese momento ninguno llenaba totalmente el expediente de las cualidades presupuestas. Prendió el televisor con un dejo de enfado. Siempre, al encender el aparato tenía la sensación de futileza, de estulticia, de pérdida de tiempo. La película le empezó a interesar. De manera insólita por la hora, las escenas que se proyectaban eran de explícito contenido erótico, hasta con desnudos totales de la protagonista. El calor de la cama, la soledad del departamento y las escenas que sucedían, la indujeron a la masturbación. Al iniciar el frotamiento genital le vino a la memoria la figura joven de Ernesto. Todo quedo en suspenso, la vista, que continuaba mirando la pantalla, no captaba los contenidos, las manos activas se paralizaron. Sintió una explosión en la mente que no era producto de ningún orgasmo; fue porque en ese momento decidió encamarse con el estudiante, ese mismo día. ¡Claro! su erotismo debía ser satisfecho así, con él, sin que nada implicara que el sujeto fuese seleccionado para ser padre del hijo por venir. Es una prueba más. Datos que… deben completar el expediente, se dijo como autojustificación.

Decidida, llegó a casa de Ernesto. Tocó con sensaciones nunca antes sentidas; en ese momento encarnaba a la audaz protagonista de una cinta de aventuras, de acción.

Abrió una señora rechoncha de aspecto bonachón.

– ¿Está Ernesto? preguntó sintiendo que su vientre se contraía.

– Se está bañando, creo que no tarda. Pero, pásate por favor. ¿Quieres esperarlo?

– Si no es molestia. Es que me urge verlo… para un trabajo de la escuela.

– ¿Eres su compañera?

– Si. Me dijo que podía venir si necesitaba ayuda.

– Siéntate querida, siéntate, ahorita le digo que lo estás esperando. ¿Quién le digo que lo busca?

– Rosa, señora, si no es mucha molestia.

Rosalinda se sintió toda una Mata Hari. Pero la incertidumbre se instaló con fuerza. ¿Y si él no recordaba su nombre? Hacía ya varias semanas que se encontraron, eso abría la posibilidad de que no la recordara.

La señora tomó un interfón trasmitiendo el mensaje de Rosalinda y luego dijo:

– Oríta baja. Que no te desesperes. Se sorprendió. Me dijo que no te esperaba y menos en domingo. Creo que tiene razón. Como que el domingo es para descansar y no para andar con las tareas.

– Es cierto señora, pero que quiere, tengo que entregar esto precisamente mañana. Me da mucha pena, pero su hijo es muy, pero muy prestado; además, sabio; sabe de todo y bien.

– ¿No sabes el teléfono?

– Me lo dio, pero, soy una bruta y lo perdí.

En eso estaban, cuando apareció Ernesto enfundado en ropa deportiva.

– Hola, que agradable sorpresa verte. No te esperaba, créeme. ¿En que puedo servirte?

La saludó con un fuerte apretón de manos. Ella se puso de pie sonriente y con el corazón simplemente paralizado.

– Le decía a tu mamá que debo entregar aquel trabajo que te dije y… pues necesito que me ayudes, yo sola no puedo hacerlo. ¿Te acuerdas lo que discutimos el otro día en el café?

– ¡Claro! lo recuerdo, y tanto que hasta un me quitó el sueño. Es un trabajo fascinante. Que bueno que decidiste que te ayudara… y que no recurrieras a nadie más para eso. Bien, ¿empezamos?

La señora seguía con atención las palabras de los jóvenes. No dejó de sorprenderse porque la edad de Rosalinda era evidentemente mayor que la del hijo, pero pensó que hay muchas mujeres que deciden estudiar ya entradas en años.

– No sé si… ¿dónde?

– Pues donde tú quieras. Desde luego puede ser aquí. Nos subimos a mi cuarto para poder trabajar sin interrupciones. ¿Podemos trabajar aquí, mamá?

Cuando él aseveró que era posible quedarse en su cuarto, el intenso erotismo de Rosalinda se cuadruplicó.

– Claro que si, donde ustedes quieran. Y sí, es mejor en tu cuarto. Abajo aún no terminan de arreglar.

– Me da pena causar molestias, dijo Rosalinda temiendo no poder dar rienda suelta a sus deseos, ¿por qué mejor no vamos a un café y ahí trabajamos?

– No das molestias, niña. Neto tiene un cuarto aislado, siempre le ha gustado encerrarse a leer y a estudiar. Además, ahí tiene de todo para el trabajo, hasta una computadora que su padre le acaba de comprar.

– Que pena, dijo Rosalinda cuando subían por una empinada escalera. No sé… si en realidad podamos… trabajar…

– No te preocupes, la interrumpió Ernesto. En la casa solo estamos mi madre y yo. Mi padre anda en el extranjero y… soy hijo único. Mi jefa nunca sube, le duelen mucho las piernas y dice que esta escalera la puede matar.

Fue una sesión de trabajo increíble. El joven estudiante la siguió sorprendiendo con su ternura, con su forma cariñosa de iniciar el juego amoroso, de los cuidadoso que fue en sus caricias y de la potencia, agilidad y variedad con que la amó. Rosalinda perdió la cuenta de los orgasmos. Como a las cuatro de la tarde, Ernesto bajó para subir alimentos después de convencer a Rosalinda de que podían seguir ahí sin problemas. Ella no presentó resistencia, estaba realmente fascinada con todo lo que encontró en el muchacho, incluido lo sexual. Salió a las siete de la noche dando un sin número de disculpas a la señora que, sonriendo, le dijo que era su casa y podía ir cuantas veces quisiera. Para tranquilizar a la señora y acaso a su conciencia, Rosalinda insistió para que Ernesto le preparase una carpeta para dar la impresión de que llevaba un trabajo escolar. Ernesto la acompañó al carro. Le dio el número del teléfono y le dijo:

– Ya que no quieres que yo te busque, llámame para saber cuando menos que sigues en este mundo, que no eres solo una ilusión, un Hada que aparece cuando su ahijado se encuentra deprimido.

Pasaron las semanas y la inquietud de Rosalinda iba en aumento. A pesar de que decidió no ver más al preparatoriano, no dejaba de pensar en él. Su deseo era decidir la presunta paternidad sin participación de la emoción; atenerse exclusivamente al juicio sobre físico e intelecto del padre de su hijo. Que nada más influyera. Sin embargo, una tarde tediosa tomó el teléfono y marcó el número cabalístico. Hablaron de sus recuerdos, del mutuo descubrimiento, de los aspectos más relevantes del encuentro y de lo que ambos hicieron durante las semanas transcurridas. El insistió en su deseo de verla. Sólo para verse y conversar, “me haces falta como interlocutor”, le dijo con tono suplicante. Acordaron – cuando Rosalinda se percató de su absurda resistencia – verse, una hora después, en el café donde conversaron cuando se conocieron.

Llegaron al mismo tiempo a la puerta. Se abrazaron con fuerza y con un entusiasmo que para la sorpresa de Rosalinda, fue una sensación de alegría, de satisfacción. Identificó esta actitud, que le era ajena por completo cuando se encontraba con sus múltiples amigos, como algo insólito y de buen pronostico. El beso que acompañó al abrazo fue de una tal intensidad, que Rosalinda se desconoció. La conversación giró, al principio, en torno al día que se encerraron “a trabajar”. Sus risas fueron francas y prolongadas cuando emplearon esa palabra. Derivaron luego a diversos temas, tanto de carácter personal y laboral, como de sus perspectivas en la vida. Ernesto quería una vida con intensidad, no solo en lo emocional o afectivo, sino metido en los problemas de la realidad, tratando de encontrar salidas conjuntamente con mucha gente. La posición social o el dinero para él eran secundarios; con tener lo suficiente para no morirme de hambre y comprar de vez en cuando libros de mi interés, con eso me conformo, sin ser conformista, por supuesto. Rosalinda coincidió en todo, excepto en lo de encontrar salidas para la problemática nacional y se sentía desarmada, sin argumentos, sin conocimientos, y lo dijo sonriendo con cierta amargura, tal vez tristeza por quedar al margen de los procesos sociales. Discutieron el punto mucho tiempo. Ernesto trataba de demostrar que ella tenía, aunque no quisiera, opiniones de todo; y que la prueba estaba en lo que se refiere a las relaciones con él manejó ideas de ella, concepciones para iniciar una relación lejanas por completo del común denominador, lo dijo con énfasis. Al final, acordaron iniciar charlas sobre temas de actualidad en las reuniones que tuvieran. Rosalinda fue a dejarlo a la puerta de su casa y rechazó la invitación de ir a trabajar a la recámara de Ernesto. Era de noche y le daría pena con su mamá. Hasta sería probable que estuviera su padre, dijo al terminar de besarlo. Como en ocasiones anteriores, Rosalinda buscaría a Ernesto para una nueva entrevista.

Para Rosalinda resultó altamente significativo que Ernesto no insistiera en saber su domicilio, su número telefónico y el lugar donde trabajaba. Indicaba una gran discreción y coherencia con las posiciones establecidas, y eso me gusta demasiado, pensó al meterse en la cama.

Dejó la búsqueda. No porque hubiese decidido que Ernesto era el elegido, sino porque hubo un aumentó su trabajo y también, porque consideró que los entrevistados bastaban para tener un primer acercamiento a la gran decisión. Sin embargo, los argumentos eran solo pretexto para no tomar ya, la determinación y lanzarse a obtener el hijo deseado. Lo cierto era que en los primeros, ni siquiera pensaba. Menos se ponía a analizar las características de algunos, que incluso ya había olvidado. Además, las citas con Ernesto se habían vuelto frecuentes; algunas veces sólo para platicar y otras para ir a un hotel. Una noche, después de platicar toda la tarde, tuvo ganas de bailar y propuso que fueran a un centro nocturno donde las orquestas eran del agrado de Rosalinda.

– Me gustaría, dijo Ernesto, pero… no tengo dinero para…

– No te preocupes, querido, sé muy bien que eres estudiante. No creo que sea una ofensa para ti, que yo pague. ¿O sí?

– Claro que no. Creo correcto que las mujeres puedan hacer invitaciones y pagar ellas. ¿No es esa tu idea?

Fue una sorpresa más para Rosalinda. Ernesto era, también, un consumado bailarín. Fabuloso, pensó, tan solo iniciado el baile. Era tanta su alegría por sentirlo bailando como a ella tanto le gustaba, que se excitó y, contra su costumbre, propuso ir al hotel besándolo en la oreja.

Al regresar a su casa esa noche, principió un periodo de gran inquietud, de contradicciones artificiales, de indecisión a continuar la relación con el estudiante sin llevarlo a la pretendida paternidad. No tenía dudas de que la relación le era ya, indispensable. Incluso, recurriendo al lugar común, estaba enamorada sin poderlo remediar. La idea de engañar al joven filósofo autodidacta, le aterraba. Imaginarse ocultando el embarazo y luego el producto, le fue inadmisible. Pero tampoco admitió que él pudiera tener afanes paternales y quisiera compartir, o peor: ¡exigir! el producto para él solo. Pero las ideas que él siempre expresó, la autorizaban para desechar esa posibilidad. Por otro lado, el deseo de tener un hijo seguía vigente y con mayor intensidad. Luego de interminables debates internos hizo el propósito de discutirlo con él en la primera oportunidad; era lo más honesto.

La oportunidad se presentó cuando al concluir la graduación de Ernesto como bachiller, antes de despedirse, decidieron ir el fin de semana a Acapulco. Un amigo ofreció prestarle un departamento.

Arribaron en la noche; se amaron con calma, alegría y placer continuo. Al día siguiente, en la playa, jugaron como niños sin dejar de reír y corretear. Estuvieron realmente felices. Descansaban tomando una cerveza bajo una palapa cuando Rosalinda, con un estremecimiento generalizado, inició el planteamiento:

– Desde hace algún tiempo he querido discutir contigo algo que me preocupa porque pudiera dañar nuestra relación. Tu sensatez, tu ecuanimidad, tus hermosas ideas, me animan para comentarlo contigo. La cosa es bastante sencilla y sin embargo “el entorno ideológico”, como tú has dicho innumerables veces, lo complica. ¡Quiero tener un hijo!

Soltó el deseo sin apartar la vista de los ojos de Ernesto. Observó una primera reacción de sorpresa, y después una sonrisa de comprensión.

– ¿Y eso te preocupa? No entiendo de dónde la preocupación. – La sonrisa fue un complemento precioso para Rosalinda.

– En realidad no es eso… a secas – Meditó cómo continuar – La preocupación estriba, como te dije cuando empece el comentario, que mi deseo es tener el hijo… pero sólo para mí. Por un lado, por el otro, quisiera que el hijo fuera engendrado con tu semen. Y… no se cual es tu opinión y tu posición respecto a mi pretensión de ser madre soltera sin que el hijo tenga padre. ¡Medita la respuesta! Confío, pero estoy aterrada porque pudieras alejarte de mí ante este planteamiento exageradamente egoísta. Lo entiendo, pero me es insalvable la condición que me impongo para traer al mundo a un hijo… que solo me pertenezca a mí.

– Sigo sin entender tu preocupación. Parece que olvidas los implícitos en que se apoya. Para mí tu presencia y tu cariño han sido una maravilla. La forma tan espontanea, calurosa y verídica como nos hemos amado, es algo insuperable. Es el ideal de relación que siempre imaginé y que dudaba pudiera concretar con alguien. Pensamos de la misma manera en torno a cuestiones afectivo sexuales y, dentro de estas ideas, está la de que el cuerpo de la mujer solo a ella pertenece y la tradición discriminatoria en todos sentidos siempre les ha negado hacer de su cuerpo y su capacidad reproductora lo que ellas decidan, sin necesidad, incluso, de consultar con nadie. ¿Ves? ¡Tú eres la única que puede y debe decidir qué hacer! Yo, con toda sinceridad, te agradezco me tomes en cuenta para discutirlo, que pidas mi anuencia, en fin, que hayas tenido confianza de compartir conmigo tu inquietud y tu preocupación. Finalmente, por lo que a mi respecta puedes – risas alegres – contar con mi semen… cuantas veces quieras y más todavía. Te juro, no tengo porque hacerlo, pero lo hago para dar énfasis, que nunca plantearé nada en relación con… mi ¿paternidad? Le pongo interrogación para enfatizar mis aseveraciones. ¡La decisión es tuya! Te lo digo con toda honestidad. Sólo aportaré lo necesario para hacer realidad tu deseo.

A pesar de todas sus decisiones, la soltera Rosalinda no pudo prescindir de Ernesto en el momento del parto. Tampoco pudo hacerlo, cuando Ernesto hijo se graduó de bachiller; y más tarde, superando al eterno amigo de su madre, cuando obtuvo la maestría en filosofía; y todavía menos cuando Ernesto hijo, invitó a su madre y Ernesto a estar presentes en la Sorbona, en el momento en que le otorgaban el grado de doctor.

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